Nada de gobernantes, son mandatarios

18.03.2026 16:47

En México, la Constitución es clara: el poder reside en el pueblo y los mandatarios son sus representantes. Pero en la realidad, esa idea rara vez se ejerce. La historia pesa. Durante siglos, el país vivió bajo estructuras de poder centralizadas que alejaron al ciudadano de las decisiones públicas. Hoy, esa herencia sigue vigente: el poder se percibe distante, casi intocable, y más sujeto a obediencia que a exigencia.


A esta situación se suma una débil cultura cívica. Aunque los derechos están escritos, no siempre se conocen ni se practican. La educación cívica se queda en el discurso y no forma ciudadanos activos. Así, muchos no se asumen como mandantes, sino como “gobernados” que se convierten en sometidos espectadores de decisiones que otros toman, sin cuestionarlas ni exigir resultados.


El clientelismo refuerza este problema. Durante años, la política ha operado a través de apoyos y beneficios que, en ocasiones, sustituyen derechos por favores. Esto genera una relación cómoda pero peligrosa: mientras haya algo que recibir, la exigencia se debilita. El resultado es una ciudadanía menos crítica y mandatarios con menor presión para rendir cuentas.


Finalmente, la desconfianza termina por cerrar el círculo. Cuando se percibe que exigir no cambia nada, aparece la apatía. Pero ahí está el punto crítico: una democracia no falla solo por sus mandatarios, sino también cuando sus mandantes dejan de ejercer su poder. Sin exigencia, el Artículo 39 se queda en papel; con ella, puede convertirse en una realidad.