A ti político corrupto y a ti fanático que lo sopapas.

Un político corrupto roba dinero.
Pero el fanático roba algo más grave: la verdad.
Cuando un pueblo defiende ladrones solo porque están “de su lado”, la corrupción deja de ser un crimen y se vuelve una enfermedad social.
Un corrupto no se sostiene solo.
Se sostiene por quienes lo justifican, lo aplauden y lo perdonan todo.
Por quienes callan mientras miente, roba y destruye, solo porque odian más al rival de lo que aman la justicia.
Eso es lo más peligroso.
La corrupción no solo nace en el poder.
También crece en la mente de quien la acepta como algo normal.
El problema ya no es solo el funcionario corrupto.
También lo es el ciudadano que perdió el juicio, cambió valores por fanatismo y dejó de defender lo correcto para defender a un personaje.
Ya no pide cuentas.
Pone excusas.
Ya no busca la verdad.
Solo quiere que gane su bando.
Y así es como un país se empieza a podrir por dentro.
Ningún corrupto llega lejos sin gente dispuesta a protegerlo.
Ningún abuso se vuelve costumbre sin voces que lo disfracen.
Ningún saqueo se convierte en sistema sin una masa ciega que lo celebre.
La corrupción no vive solo en el gobierno.
También vive en la conciencia de quien la tolera, en la voz de quien la defiende y en la cobardía de quien prefiere justificarse antes que aceptar que fue engañado.
Un pueblo no cae solo por los corruptos.
También cae por los fanáticos que los cubren.
Porque cuando el fanatismo apaga la conciencia, la corrupción deja de esconderse y empieza a mandar entre aplausos.